Recorrido Ambiental | Caracas Country Club

S10 CIUDAD VERDE

Rutas para amar Caracas: el Country Club

Cien años y tan verde   

 

Faitha Nahmens Larrazábal

 

Semanas, meses después, el clima decembrino persiste como muchos caraqueños tenaces, en quedarse en el valle. Sin embargo, no consigue la friolera, que le ha colocado una frazada de nubes al Ávila esta mañana, intimidar a los setenta caracadictos con bufandas y mangas largas inscritos en este nuevo recorrido urbano convocado por el movimiento citadino y ciudadano CCScity450. Peregrinación que hace trazado para la valoración arquitectónica en la Ciudad Verde, el mapa se abre exultante, en esta ocasión, en el Caracas Country Club. Arrecia el murmullo de clics de los participantes embelesados por los tantos matices y tonos de la vegetación en la isla esmeralda de los campos de golf que contiene la urbanización de casi cien hectáreas; estas tomas devotas de la ciudad son reenamoramiento y también ejercicio de memoria.

Hoyo a hoyo, la manada urbana avanza cuidadosamente por los bordes —no pise la grama, el green— hasta que una voz entusiasta apremia al grupo a volver la mirada hacia arriba, hacia la obra cimera de Tomás Sanabria, ahora que el telón blanco ha sido descubierto: “¡Apareció el Humboldt!”. La imagen, repentinamente próxima y limpia, quita el aliento. El mítico hotel aparece en el paisaje recién lavado, venciendo la niebla. El arquitecto Franco Micucci, de la Fundación Espacio y organizador, junto con sus colegas Aliz Mena y María Isabel Peña, de CCScity450, desliza una línea que reacomoda, en un suspiro, a la ciudad: “Es que Caracas es muy teatral”.

El primer club de golf del país nace en 1918 en terrenos de la Sucesión Uslar, en la Hacienda La Vega, hace cien años, y antes de que pase una década, migra a lo que entonces era las afueras de la ciudad, al este, es decir, aquí mismo, en esta golosina del paisajismo que se convierte en imán para los primeros habitantes de la urbanización de estreno, el Caracas Country Club. El diseño es impecable, tanto que permanece a buen resguardo, bajo el rótulo No. 7947, en las carpetas de las obras fundamentales en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, en Washington. Es un oasis suscrito por la firma Olmsted Associates, que no es otra que “la oficina de paisajismo más importante de la época, fundada por Frederick Law Olmsted”, autor, entre otras obras, del Central Park de Nueva York, según rubrica en una publicación de arquitectura Hannia Gómez, cabeza de Docomomo, y con cuya lectura recibe a los ruteros el arquitecto Carlos Guinand Baldó, hijo de Carlos Guinand Sandoz, el arquitecto venezolano a cargo de la reconstrucción de la casa de hacienda.

Trayecto este que incluye explicaciones de cómo se cuida el césped —se poda un día sí y un día no, casi al ras, y nunca deberá medir menos de 4 milímetros—, del sistema de riegos independiente del suministro de Hidrocapital —en el Country tratan para su provecho las aguas servidas—, así como detalles del juego de golf, y confesiones de algunas tradiciones añosas que ya se tambalean, como que el restaurante junto al hoyo 18, colindante a los escaparates para los jugadores hombres no recibe mujeres —entrar se convierte entonces en pequeña victoria—, en cada paso se alza una voz con acotaciones con conocimiento de causa. Carlos Enrique Pérez, Calique, jugador de este deporte zen, arquitecto y guía caraqueño, estudioso de la historia y el anecdotario que envuelve la puesta en escena —amén de actor—, cuenta que los estudios confirman que la mujer, por su estructura física, tiene con qué ser mejor jugadora de golf que los hombres: difícil superarlas en el movimiento de caderas, “el swing de la mujer es único”.

La agenda edénica del día es un repaso sensorial. Por si fuera poco la imagen que embriaga las retinas, los oídos también se fascinan con el sonido coral de cuando menos seis especies de aves, moradores de los mijaos, mangos, bucares, araguaneyes, palmeras, que sobrevuelan a sus anchas el oxigenante refugio. Los comentarios de Jonathan Miranda, biólogo y ornitólogo de coleta tan prolongada como su pasión por la naturaleza, no seducen menos. Conoce los nombres en latín de todas las especies, sus hábitos —“no se le deben dar semillas a las guacamayas, no las alimenta” —, así como su vida íntima —“sí, las guacamayas son monógamas” —, y puede reconocer las variaciones de los cantos que hacen contrapunto o se solapan. A lo lejos podría escucharse un búho. “Caracas tiene 450 especies de aves”, dice con fascinación; vaya, el mismo número de su más reciente aniversario. “Pocas ciudades del mundo, poquísimas, tienen tal biodiversidad, las aves de Caracas hacen una ronda que va del Ávila, al Country, al Parque del Este y al Jardín Botánico”. Entonces un pájaro se estaciona en el campo. No le intimidan los flashes. Hinca su largo pico en busca de lombrices. Camina a saltos. Su plumaje negro y rojo, con lunares en la cabeza, hechiza.

Carlos Guinand Baldó, hijo de Carlos Guinand Sandoz, uno de los primeros arquitectos venezolanos —se graduó en Alemania en 1913—, y quien trabajó en llave con el arquitecto estadounidense Clifford Charles Wendehack, comenta ya en la casona sede del club: “Claro que la impronta de papá está patente, su estilo, su gusto, su participación fue más allá de la revisión de la obra, él tuvo que ver directamente con la selección de los materiales”, desliza orgulloso, y los ojos de todos van a las losas añosas que contienen escenas de la vida en el campo. Era esta una hacienda de café, y colgado en las paredes de la casona que luego sería refaccionada en los cincuentas, un letrero provoca suspiros: “En esta casa, en 1776, se tomó la primera taza de café de Caracas”.

El espíritu Olmsted debió imbuirse de ese aroma, de aquel vergel, de aquellas aves exóticas. Fue pionero en materia ambientalista. “Conservar los escenarios y los objetos naturales e históricos y la vida silvestre existente para proveer su aprovechamiento de tal manera que puedan permanecer intactas para el disfrute de las generaciones futuras…” Así, mantuvo la topografía natural de las faldas del Ávila, como prosigue el texto de Hannia Gömez, “privilegiando las amplias vistas hacia las colinas del sur y hacia la montaña en el diseño de los campos de golf”. Frederick Law Olmsted Jr., deja pistas de lo que sería su propia deducción: “El Caracas Country Club es el único lugar de la ciudad donde uno puede ver cómo era el panorama original del valle de Caracas antes que fuera construida la ciudad”.

Urbanización que pertenece al Municipio Chacao separada del Municipio Libertador por la Quebrada Chacaíto, el Country Club, que se extiende sobre las tierras de las antiguas fincas Blandín y picotea en otras, Lecuna, El Samán y La Granja, ha mantenido como vía de acceso la calle que sería el antiguo camino hacia la hacienda Blandín, ese famosa túnel vegetal que se desliza sinuoso y acogedor en dirección norte/sur hasta desembocar en Chacaíto y el que sombrea un obsequiosa hilera de bambúes, ahora un tanto menguados en su espesor, aunque tal y como acota ahora el arquitecto Orlando Marín, del Arquitour de Chacao, se hacen las gestiones para reforestar y devolver el entramado enjundioso que hacía de esa avenida el suculento trayecto escoltado de verde, tatuado en el imaginario de cada caraqueño.

En dos ocasiones (2006 y 2010) el gobierno de la alcaldía mayor, con Juan Barreto, y el central, con Hugo Chávez, propusieron darle un uso diferente al Country Club, urbanización concebida entonces sin aceras, porque los vecinos, en tiempos de reverencia al automóvil, acaso no caminarían, y construir edificios residenciales en las canchas de golf. El proyecto no se llevó a cabo tras convenirse, entonces, que ese terreno, en efecto privilegiado, es un pulmón vegetal de Caracas, clasificado además como Bien de Interés Cultural de la Nación por el Instituto del Patrimonio Cultural y Patrimonio Moderno por Docomomo Venezuela (asociación vinculada a la UNESCO). Verde gozoso podría, tal vez, un día, ser un parque abierto a la ciudad.

Debate pendiente, por lo pronto, los arquitectos Juan Carlos Parilli y José Alejandro Santana tuvieron la feliz ocurrencia de plantear que la muralla que separa los campos de la ciudad al sur, sobre la Francisco de Miranda —ay Caracas la amurallada— tenga una interrupción para el deleite visual. Despejar parte de la tapia —que un día debería desaparecer— con un paréntesis de vidrio de 20 metros y colocar un banco para que sea la contemplación sea placentera. Presentes en el recorrido llamado Ciudad Verde, su idea está entre las diez premiadas en el concurso de CCScity450 que, además de peregrinaciones de fe en la ciudad, promueve el reconocimiento, el pensar en soluciones, la participación y tertulias.

“Trabajando con paisajes reales existentes, me guía la inducción impresa en mí por mi distinguido padre: cuando uno se hace responsable de tales paisajes, su primer deber es proteger y perpetuar lo que de bello y de inspirador existe inherente en ellos gracias a la naturaleza y a circunstancias fuera de nuestro alcance, y así, humildemente subordinar a tal propósito cualquier impulso de ejercer sobre éstos las propias habilidades como diseñador”, diría con la convicción del visionario, Frederick Law Olmsted hijo, y quien recibe el testigo de la famosa firma de paisajismo que hizo trabajos en medio mundo y en Venezuela. Buen revolucionario, con sentido de preservación, refrenda la hermosa privilegiada urbanización y adivina la voracidad.

RESUMEN DEL RECORRIDO:

 

Fecha del recorrido: 15/01/2018

Longitud del recorrido: 4 km.

Número de Participantes: 56 personas

Guía: Carlos Enrique Pérez – Soy Tu Guía

Placas de reconocimiento:

Caracas Country Club

Casa Club Caracas Country Club

 

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El sector denominado Ciudad Verde, tiene como protagonista la presencia de un importante espacio verde en la ciudad, el Caracas Country Club, urbanismo que combina de manera magistral un innovador desarrollo urbano con un extraordinario paisajismo que adapta los espacios abiertos al Valle de Caracas, potenciando las vistas al contrastante paisaje característico de la ciudad desde los terrenos de la antigua Hacienda Blandín.

En su diseño destaca la presencia de impolutos campos de golf con la imponencia de grandes especies vegetales y árboles como mijaos, bucares y mangos.

La presencia de la Casa Club, reafirma el valor paisajístico del antiguo camino Blandín acompañado de palmas washingtonias y un maravilloso túnel de bambúes en la calle de acceso, que enmarcan vistas únicas hacia el Ávila.

Edificaciones emblemáticas

Plano de Ubicación

Plano del recorrido

 

Casa Club. Caracas Country Club

Av. Ppal. del Country Club

Caracas Country Club